Este contenido es exclusivo para suscriptores

Suscríbete por 4,95€ al mes y disfruta de todos los contenidos de El Diario Vasco

logo-correo-on2.svg
Acceso ilimitadoNuevas secciones y más contenidos exclusivosLectura más amable y sin interrupcionesNueva app solo para suscriptoresNewsletters personalizadasClub DV, ventajas comerciales, sorteos y actividades

EN LA CABEZA Y EL CORAZÓN

Bárbara Goenaga
BÁRBARA GOENAGA

No sé qué es lo que tiene esta fiesta, que nos hierve en las venas cada vez que llega un 20 de enero. Debe tener algo que ver con la música de los tambores al ritmo de Sarriegui, que nos toca en algún lugar del cerebro y conecta emociones que, de alguna forma, hacen que el día de San Sebastián se convierta en esa jornada festiva que nos evoca tantas emociones. Para mí, de las más agradables que recuerdo. Es casi como mágico.

Me viene a la memoria, por ejemplo, la forma en la que mi ama disfrutaba de este día, de cómo me llevaba de aquí para allá viendo tocar a las distintas compañías. Lo hacía incluso cuando me llevaba en su vientre. Me encantaba el redoblar de los tambores. Tanto, que cuando en el colegio Amara Berri me ofrecieron ser cantinera y barrilera me negué a salir. Qué aburrimiento. Yo quería un tambor, lo otro me parecía algo sin sustancia. Y con ese bagaje a mis espaldas, con ese resorte en mi cabeza que hace que mi corazón lata con fuerza este día, cómo no voy a sufrir si me lo pierdo.

Me fui a Madrid a los 15 años y no volví a Donostia hasta los 30. Quince años fuera de mi tierra, mi casa, en los que cada 20 de enero me acercaba a la Euskal Etxea o a donde fuera necesario para tocar la Marcha de San Sebastián. Y mira que no me considero una seguidora acérrima de nada, cero fanática. Pero la Tamborrada es otra cosa, es inexplicable. Cuando vienen amigos de fuera no lo entienden. Ven una fiesta en la que se tocan tambores, se come, se bebe, se baila y se disfruta de la compañía de amigos y familia. Y efectivamente, eso es. Pero hay un plus que solo nosotros, los donostiarras que hemos mamado las 24 horas que van desde la izada a la arriada podemos entender.

Ahora, sin querer, estoy inculcando esa misma pasión a mis hijos. El mayor ya ha salido en la Tamborrada Infantil y no dudo que los otros dos lo vivirán igual de intensamente. Y yo, esta medianoche he estado en la entrega de los premios Feroz y me he perdido la izada. Pero hoy pienso salir a la calle y no volveré a casa hasta la noche. Hay algo en mi cabeza y en mi corazón que me lo exige.

 

Fotos