Richard Oribe: «Voy por Donostia como si fuera el Papa»

Richard Oribe, a su llegada al Deutsche Schule San Alberto Magno. /LUSA
Richard Oribe, a su llegada al Deutsche Schule San Alberto Magno. / LUSA

El colegio San Alberto Magno tributa un homenaje al Tambor de Oro, antes de escuchar en una charla las claves de su vida

AINGERU MUNGUÍA SAN SEBASTIÁN

«¡¡¡Richard, Richard, Richard!!!». Son las 10.30 de la mañana y las ventanas del Deutsche Schule rompen la tranquilidad de Aiete. Gran parte del colegio San Alberto Magno está expectante y comienza a corear el nombre del Tambor de Oro 2018 en cuanto éste baja del coche junto a su entrenador, Javier de Aymerich. Iba a ser el segundo año en el que el nadador paralímpico explicara en centro educativo las claves de superación, esfuerzo y coraje que han caracterizado su vida, pero la concesión del galardón cambió la agenda de una jornada que se transformó en un gran homenaje a su persona.

Ver a los alumnos en las ventanas del colegio con globos blancos y azules le emocionó antes de bajar del coche. «Estoy todo nervioso», dijo en los primeros saludos. Los responsables del centro le condujeron al patio donde al deportista le esperaba la segunda sorpresa. Doscientos escolares y la tamborrada infantil le recibieron con los rataplanes de rigor. «Es todo un honor que un deportista como tú sea el Tambor de Oro de nuestra ciudad. Eres un ejemplo para todos nosotros. Por eso te entregamos nuestros palillos de oro, por tu esfuerzo y tu capacidad de superación. Siempre serás bienvenido», le dijo por megafonía una de las alumnas. El obsequio sirvió a Richard para seguir los sones de la Marcha de San Sebastián que la tamborrada tocó en su honor y que completó con 'Ataque de Herriko Semes'. Otra de las sorpresas fue recibir un reloj como regalo que el nadador mostraba orgulloso como si fuera una medalla olímpica.

La segunda parte de la jornada tuvo lugar en el salón de actos del colegio donde Richard Oribe y su entrenador desgranaron las claves por las que ha discurrido su vida. Aymerich explicó que toda persona que ha sufrido parálisis cerebral al nacer es diferente. «Hay personas con este problema que hoy ejercen la medicina». Sin embargo, el panorama para Oribe era más sombrío. Dijeron a su familia que el niño «no hablaría, no comería, no andaría y sería un vegetal». Sus padres no se conformaron con aquella sentencia pese a que al nacer la falta de oxigenación en el cerebro le afectó «al oído, al habla, a la coordinación y al equilibrio. «Le pusieron unas barras paralelas en la terraza de casa para que aprendiera a andar. Le colocaban un yogur en un extremo y cuando llegaba se lo ponían en el otro. Eso le hizo aprender a esforzarse y avanzar». En cuanto descubrió la piscina de Aspace pensó que aquello era lo suyo. «No quería nadar como terapia, sino como deporte». «Aprendió a caminar, a hablar, a respirar». Richard ha tenido que aprender las facultades a que los demás nos vienen dadas. Pero el hecho de contar con un entorno exigente, que le ha dado la estabilidad que necesitaba y le proporcionado los medios para motivarse ha sido la clave de su vida, según explicó Aymerich. «Solo cuando te exiges, logras los resultados que buscas». El entrenador ha sido una pieza básica en todo este engranaje que ha acompañado a Richard Oribe en su vida. «Soy un segundo padre», reconoció. Sin su complicidad habría sido difícil participar en seis paralimpiadas lograr 16 medallas paralímpicas, 22 en campeonatos del mundo, 48 récords mundiales, 140 podios en competiciones interna- cionales y más de 200 campeonatos de España. «Hemos recorrido todo el mundo, yo con el sombrero de Cocodrilo Dundee y él siempre con la camiseta de la Real puesta». Los campeonatos de Europa de Funchal (2011) supusieron un punto y aparte. «No se sentía feliz en la alta competición. Me pidió ayuda porque no quería traicionar a quienes eran felices con sus éxitos. Lo anunciamos allí mismo. La organización dijo que se retiraba el mejor nadador con parálisis cerebral de todos los tiempos».

«Dijeron que sería un vegetal, pero luchó y aprendió a andar, a hablar, a comer, a nadar y a ser feliz»

Hoy aquel deportista de élite sigue buscando la motivación en la piscina, con los niños o en las redes sociales. «Le gustaría ser monitor y por eso está trabajando duro con un logopeda. Quiere devolver al deporte lo que el deporte le ha dado, que es una forma de vida». ¿Alguna duda de que lo conseguirá?

 

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