Si privilegiados son los 66 donostiarras y sus respectivos acompañantes que, por una vez en la vida, tendrán la oportunidad de seguir la Izada o la Arriada desde la balconada de la Biblioteca Municipal, mucho más envidiadas son quienes disfrutan de estas vistas durante todo el año porque viven en la misma plaza y porque suyos son, en propiedad, estos balcones que antiguamente servían de palcos improvisados para seguir corridas de toros o sokamuturras.
Cada vez que el calendario marca el 20 de enero, día de San Sebastián, a la inmensa mayoría de los ciudadanos no les queda otra que armarse de valor para encontrar un hueco donde ya no cabe un alfiler, pero existe un puñado de donostiarras que viven aquí y estos días reciben la visita de todo tipo de familiares de amigos.
Un ejemplo muy gráfico de esta invasión es el hogar de Fernando Blanco, Tambor Mayor de la sociedad Kainoieta, y su mujer Marisa Arraztio, que viven justo enfrente de la Biblioteca, en un tercer piso. Disponen de un balcón para unas cuarenta personas, aunque ella no ha disfrutado de las vistas hasta hace muy poco.
«Me da vergüenza decirlo, pero hasta hace muy poco no he salido al balcón. Lo tenía que ver por la televisión porque ya no había sitio. Los balcones son estrechos y como mucho entran unas cuarenta personas. El año pasado fue el primer año que lo vi tranquilamente desde el balcón», afirma Marisa, la mujer de la casa, que estos días vive una revolución con la llegada de sus hijas Itsaso y Ainara, siete sobrinos y demás familiares y amigos que no pierden la oportunidad de disfrutar de esta perspectiva tan única. «Siempre les digo que el primero que llegue tendrá sitio y para los que vengan después ya se pondrán banquetas o lo que sea», comenta.
Estos días los vecinos de la plaza son la envidia de la ciudad: «Pues la verdad es que sí, pero sólo este día. Durante el resto del año, con el ruido que hay por las terrazas, todo el mundo nos dice que menos mal que no viven aquí», recuerda Marisa, quien admite que es «un lujo» ver la Izada y la Arriada desde casa. Treinta y un años en la misma casa dan para constatar que lo que más ha cambiado ha sido la Arriada. «Antes era para los de casa y estábamos todos abajo en la plaza. Y ahora...».





