Diario Vasco

50 años con redobles de oro

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Alfredo Di Stefano, Alfredo Landa, Iñaki Gabilondo o La Oreja de Van Gogh han sido premiados.

  • El Tambor de Oro se otorgó por primera vez en 1967 y quedará desierto el día que cumple medio siglo

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El próximo 20 de enero se cumplirán 50 años desde que se entregara por primera vez un reconocimiento cuyo significado ha ido adaptando su sentido a pie de calle con el paso de las décadas. El Tambor de Oro se ha entregado a un total de 80 personas que en cada momento se consideraron representativas, y han sido tres -incluido 2017- los años en los que el premio ha quedado desierto. Este año, efemérides en la que el galardón podría celebrar su medio siglo de vida, pasará de largo «pero tampoco hay que hacer grandes dramas», sostiene Rafael Aguirre Franco, quien fuera responsable del área de Turismo y Festejos en el Ayuntamiento durante 35 años.

Este premio nació como reconocimiento a aquellas personas que, sin ser nacidas ni residentes en Donostia, se volcaban en la ciudad. Surgió con Aguirre Franco al frente de la oficina del Centro de Atracción y Turismo (C. A. T.), quien ha sido testigo de la evolución de los perfiles premiados. Cincuenta años después, asume el rumbo que ha tomado el premio y sobre todo lo que ahora se busca en una figura para concedérselo, pero asegura con amable rotundidad que «debería volver a su orígenes».

A finales de los años 60, Donostia era la capital de veraneo y el turismo por aquella época ya era boyante. «Había mucha gente que hacía una propaganda muy buena de la ciudad, pero caímos en la cuenta de que un portavoz era mejor que mil anuncios». Es por ello, que desde C. A. T., con José Manuel Elósegui Lizarriturry de alcalde y Ramón Peironcely, encargado de la concejalía de Turismo, decidieron poner en marcha un premio para aquellos que hubieran ayudado a la promoción turística del municipio.

Así en 1967, en el primer acto que se celebró en el Salón de Plenos, se entregaron cuatro Tambores de Oro que recayeron en Manuel Bastos, un afamado médico aragonés conocido como uno de los veraneantes más fieles; en el entonces director del Festival de Cine, Miguel de Echarri; en el cónsul de España en Hendaia, Guillermo Cebrián y en Guy Pettit, alcalde de Biarritz. «La relación que había con la localidad francesa era enorme», recuerda Aguirre Franco. «Todas las promociones se hacían conjuntamente y nos ayudó mucho a ponernos en el eje del turismo».

Al año siguiente, entre otros, se reconoció a Miguel Ángel García, que fue la persona que gestionó la iluminación de la Bahía de La Concha. Pero si el exdirector del C. A. T. tuviera que poner un ejemplo de la esencia con la que nació el Tambor de Oro sería Ian Latto, director general de la compañía aérea BKS, a quien le concedieron el reconocimiento en 1969. «Este hombre tenía un cariño enorme a la ciudad. Cuando muchos lugares no tenían conexión, nos puso en órbita, estableciendo un enlace entre Hondarribia y Londres. Este debía ser el perfil del galardonado: persona ajena a la ciudad pero que por algún motivo se vuelca en su proyección».

En los siguientes años, varios periodistas recibieron el Tambor de Oro, entre ellos, la primera mujer en la lista de galardonadas, Josefina Carabias. En 1977, llega otro de los personajes que Aguirre Franco recuerda como un acierto: Mariano Calabuig. Era el administrador general de la aduana de Irun y «permitió durante doce años pasar el material pirotécnico que venía desde Italia o Alemania al concurso de fuegos artificiales, sin hacer pagar los aranceles que entonces eran del 33%».

Aquel mismo año, Calabuig compartió el Salón de Plenos con otro premiado, el director del Casino de Biarritz, Paul Barriere. «Pocas ciudades habían recibido la autorización para recuperar el juego. Donostia fue una de ellas y esta persona se volcó en la capital guipuzcoana, trajo a sus expertos y fue el que se encargó de ponerlo de nuevo en funcionamiento».

Primer premio retirado

En la década de los 80, el alcalde Ramón Labayen puso en marcha los hermanamientos y en el listado de tambores de oro constan, a partir de esa fecha, varios regidores de otros municipios como Giorgio Tononi, de Trento (1983) o Armin Kleinen (1980), de Wiesbaden. Años después, en 1995, lo recibiría Justo Segura, sacerdote y misionero guipuzcoano en Japón, que ayudó al hermanamiento entre San Sebastián y la ciudad japonesa de Marugame.

En el año 1981, se produjo un hecho hasta la fecha único en la historia del Tambor de Oro. Fue con el premio entregado al periodista Xavier Domingo Castaño, muy asiduo a la ciudad y sus festivales. «A los meses, leímos un artículo suyo que era truculento. Hablaba de Errenteria como si fueran las puertas del infierno y lo redactó de forma muy injusta, por lo que el Ayuntamiento decidió retirarle el Tambor de Oro, porque su escrito había sido inaceptable. Lo asumió con elegancia», apunta.

Poco después llegaría el primer año en el que no se celebró el acto de entrega. Fue en 1984, cuando se propuso el reconocimiento a la Duquesa de Alba. «Hubo una oposición muy fuerte por parte de Herri Batasuna, con manifestaciones por las calles. Pese a que había mayoría, Labayen decidió que no merecía la pena arriesgarse y quedó desierto», expone Aguirre Franco.

A nivel deportivo, además de hacer entrega del premio en años anteriores a la Federación Española de Pelota (1970), a la Federación Española de Ciclismo (1974) o a la Federación de Atletismo (1976), fue en 1981, cuando la Federación Atlética Inglesa recogió el Tambor de Oro, «por su participación con destacados atletas británicos en el Cross de Lasarte durante más de dos décadas», recuerda. Ya en 1993, el Tour de Francia recogería el galardón, por la «gran categoría que dio a la ciudad después de que el año anterior tres etapas salieran de San Sebastián».

Años 80, cambia la esencia

Retrocediendo ligeramente en la lista de premiados, el exdirector de la oficina de turismo se detiene en el año 1987, cuando la directora de cine y entonces directora de RTVE, Pilar Miró, recibió el Tambor de Oro, «por su papel decisivo en la recuperación de la categoría A del Festival de Cine de San Sebastián». La curiosidad que envuelve este premio es cómo se gestionó la cena de la víspera cuando ya era tradición que los premiados y las autoridades políticas fueran a cenar a Gaztelubide, aunque con entrada restringida a las mujeres. El caso fue, y así lo recogen en su libro sobre la historia de la Tamborrada, Mikel G. Gurpegui y Javier Sada, que «el lehendakari Ardanza, el diputado general Murua y el alcalde Labayen cenaron en Gaztelubide, mientras que Pilar Miró lo hizo en Arzak, acompañada por la teniente de alcalde Pilar Larraina y el entonces concejal, Odón Elorza. El Duque de Albuquerque (otro galardonado ese mismo año), llegó tarde y no estuvo en ninguna de las dos cenas».

En el año 1988, comienza a cambiar el perfil de los premiados y «se rompe el criterio con Iñaki Gabilondo que, pese a merecerlo, era nacido en San Sebastián», expone Aguirre Franco. En 2003, vuelve a quedarse desierto, después de que Odón Elorza propusiera entregarlo a la Oreja de Van Gogh, lo que no prosperó por no cumplir la normativa. Esta cuestión llevó a modificar el reglamento y el grupo cuenta en sus vitrinas con el Tambor de Oro desde 2010. En adelante, se empieza a premiar a gente del entorno, como Alfredo Landa, Elías Querejeta, Luis Irizar, Ainhoa Arteta o Martín Berasategui. «Comienza a reconocerse el mérito de personas cercanas o donostiarras ilustres y se difumina el sentido turístico con el que nació el Tambor de Oro», insiste Rafael Aguirre Franco.

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