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Cinco mil chavales en una noria

Este año la noria fue el nuevo elemento de la fotografía general que siempre se genera en la formación de los casi 50 centros escolares en Alderdi Eder./LOBO ALTUNA
Este año la noria fue el nuevo elemento de la fotografía general que siempre se genera en la formación de los casi 50 centros escolares en Alderdi Eder. / LOBO ALTUNA

La lluvia iba y venía, las emociones subían y bajaban, y ni la gran noria ni el tiovivo de Alderdi-Eder dejaban de dar vueltas durante la vertiginosa Tamborrada Infantil

Mikel G. Gurpegui
MIKEL G. GURPEGUI

Vivimos la Tamborrada Infantil de 2019 como una noria. Los 5.088 chavales que iban y venían, las emociones que subían y bajaban, la lluvia que se iba pero volvía... Y presidiendo todo aquel vértigo, la gran noria navideña, o post-navideña, que hasta febrero no abandonará el centro de la ciudad.

Funcionó la atracción durante todo el desfile, no al completo pero en continuo movimiento y hasta con su pequeña cola. Nos tentó subir a ella, pero un viaje en 'la' noria, con vistas a la Tamborrada Infantil y a la Concha un 20 de enero con lloviznas intermitentes, podía provocarnos una sobredosis de donostiarrismo agudo.

En realidad, la mañana toda fue una noria. Un chaparrón matutino, con las 49 compañías infantiles ya concentradas en sus centros escolares o haciendo recorridos por sus barrios, enfrió los ánimos hasta que a las 10:16' Donostia Festak comunicó que sí, que el desfile salía. Luego llegó el momento de subidón por excelencia, acaso el más bonito, que no está en la espectacular concentración de Alderdi-Eder ni en el desfile rodeado de miles de espectadores, sino en los momentos previos.

La energía es intensa en los momentos previos, con todos acercándose a Alderdi-Eder

Ahí, cuando los pequeños tamborreros van bajando con excitación de los autobuses escolares y aproximándose a la Casa Consistorial, es donde la energía se nota más intensa. Cada tamborrada avanza en solitario, observando a las otras y rodeada aún de sus familiares (que luego inevitablemente se diluirán entre la masa de espectadores). Todas hacen un redoble estandarizado en el que se encaja, cual grito de guerra, el nombre de cada centro escolar. «¡María Reina!». «¡San Joseé!». «¡Zurriola! ¡Ikastola!». «¡The English School! ¡Es el mejoor!».

En esos vibrantes momentos previos hay tamborradas con su propio ritual, como la de Ekintza, que a las 11:15, con su música en furgoneta propia, visitó el monumento a Sarriegui en un acto casi íntimo antes del mogollón. Luego, en Alderdi-Eder, todo daba vueltas. Giraban la noria y el tiovivo, en funcionamiento a escasos metros de las tropas infantiles en formación. Guiados por sus jóvenes amazonas, daban vueltas los caballos de la Sociedad Hípica a la gran palmera de los jardines, como si de un 'paddock' se tratase.

Una, dos, tres gotas empezaron a caer mientras los cargos de Jesuitinas, la Bella Easo Alazne Armendariz, el general Telmo Ramos y la alcaldesa Carla González, se mostraban en el balcón de la Casa Consistorial locuaces y entusiastas. Podía imaginárseles participando en la campaña de las municipales de ¿2043?

Con la lluvia intermitente, aunque ausente durante el grueso del desfile, el 'encierro' fue rápido. Los responsables de cada compañía no sabían cómo acertar. Unos pocos, como los de San José, usaron los ponchos de plástico transparente desde el principio; otros, los de Santa Teresa, se los colocaron en la terraza del Ayuntamiento; la mayoría no usó chubasqueros y otros, como la Catequesis de Intxaurrondo, llevaban plastificada hasta la bandera; algunos se colocaron o quitaron el impermeable a lo largo del camino (¿sería ese el motivo del largo hueco que se abrió entre San Alberto Magno y Zurriola en Prim?); y al final vimos en Arantzazuko Ama algunos tamborreros con plásticos y otros no, en lo que parecían decisiones personales.

Los responsables de las compañías dudaban de si poner o quitar los impermeables a los pequeños tamborreros

Por lo demás, todos los niños y todas las niñas estaban guapísimos/as, en un grado superlativo para sus progenitores, que les seguían grabándoles con el móvil (vimos un establecimiento de reparación de móviles abierto en la calle Urbieta; también el mercadillo del paseo del Árbol de Gernika funcionaba, con varios puestos de paraguas). Los padres y madres novatos mostraban su tensión, incluso con algún momento de irritación, en la lucha sorda por el centímetro cuadrado de primera fila. Los más veteranos ya saben el truco de situarse en alguno de los bares de Reyes Católicos con un ojo en el televisor, calcular para verles en el siempre menos lleno lado de los impares de Urbieta, luego en la calle Prim y hasta, corriendo por ese carril de aceleración que es la acera par de Prim, ver o grabar una tercera pasada de esas nuevas generaciones de donostiarras, de las que ayer nos sentíamos particularmente orgullosos.

Tamborrada Infantil

 

Fotos