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Desde el cielo de Nueva York

LUJÁN ARTOLA

Viernes, 20 de enero 2023, 17:50

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A pesar de los años, sigo siendo la misma niña que recuerda lo que era este día grande. La emoción de una noche larga en la que iba al Boulevard, agarrada fuerte de la mano de la amona y de la tía Rosi. Era el bocadillo en el Juantxo mientras esperábamos en la plaza de la Constitución, abrumada por el ruido y soñando con ser aguadora. Y llegaba ese momento en el que el corazón se para: un santo y siglos de historia en esos segundos en los que el Tambor Mayor levantaba los brazos y parecía que iba a romperse el cielo. A lo largo de mi vida, y ahora, viendo demasiado cerca los 50, sigo sin poder fingir que no me importa estar lejos. Disimulo mal ir por Manhattan y tener el corazón en San Sebastián. Mirar desde hace años en inglés, pero saber que esas letras en euskera –'Sebastian bat bada zeruan'– han marcado siempre mi paso.

A miles de kilómetros de allí, se aprende a esquivar la nostalgia, pero el 20 de enero me atrapa sin piedad. Y bajo la guardia y me rindo a los pies de los batallones. Porque al final, es allí a donde siempre vuelvo. Allí siguen intactos los recuerdos que de verdad importan, los que aparecen en las grandes decisiones, casi siempre con paraguas y lluvia. Los que pasaron entre la calle Urbieta y acabaron en el Muelle, con la sal y el mar. Las vueltas hasta el Antiguo con el aita, con su boina y sus brazos agarrados y apoyados en la espalda como si fuera meditando algo grave. Eran las caminatas eternas engañada por la ama. Las de aquel que me dio la mano en Urgull y no me la soltó hasta Gros. Y siempre llegaba el mes de enero y las plegarias en el Coro. La tía Rosi roza los ochenta y ahora son mis hijos los que se mueren por volver. El mayor, porque oyó los tambores por primera vez en 2019 con su aitona del brazo. Mi hija, con 10 años, porque sueña con ser Bella Easo, y el pequeño, porque nació con la resaca del 21 de enero de hace siete años. Y porque, aunque vivan entre rascacielos, los tres, ya tienen parte de su historia escrita. Como la mía. En blanco y azul.

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