Algunos pequeños, aunque no tuvieron su desfile, también tocaron por las calles. / MICHELENA

La fiesta se deslució al final

El Covid limitó la celebración de la Tamborrada, pero fueron los altercados de última hora los que empañaron la jornada festiva

Dani Soriazu
DANI SORIAZU

La de ayer estaba llamada a ser una jornada festiva tranquila y muy contenida. Y de hecho lo fue en su mayor parte, ya que las restricciones impuestas por la pandemia mermaron el fervor y la actividad habituales de un día de San Sebastián, en el que el sonido de los tambores fue la excepción y no la norma. Sin embargo, la fiesta se vio empañada a última hora de la tarde por una serie de altercados, con decenas de jóvenes implicados, que obligaron a la ertzaintza a desalojar la Parte Vieja y que a punto estuvieron de hacer que se cancelase el acto de la Arriada en la plaza de la Constitución.

La ciudad amaneció sin resaca, engalanada para la ocasión con banderas y globos blancos y azules en las fachadas de los edificios y con el recuerdo de una medianoche en la que los balcones fueron los protagonistas. Muchos ciudadanos salieron de sus casas vestidos como un día cualquiera, aunque algunos se animaron a lucir pañuelos y mascarillas con la bandera de la ciudad. No obstante, en algunas zonas, sobre todo del Centro y la Parte Vieja, pequeños grupos de gente sí que se pasearon ataviados con el traje de cocinero o soldado y, acompañados de su propia música, caldearon el ambiente sin dejar que el covid amargara su día más grande del año.

Hasta llegado el mediodía la capital guipuzcoana no empezó a despertar y a mostrar el pulso de una jornada de celebración, en una ciudad que cualquier otro año ni siquiera habría dormido. A esa hora en Alderdi Eder solo se contaban algunos niños en el parque y el tiovivo, cuando este espacio junto al Ayuntamiento debería haber estado a esa hora repleto de miles de txikis dispuestos en escrupuloso orden para desfilar por la ciudad a los ritmos de Sarriegui.

La Parte Vieja, epicentro de la fiesta, mostró su cara más apagada, con las sociedades cerradas y sin sonido de tambores

«Da mucha pena verlo así, parece que el ánimo de la gente está raro», contaba con nostalgia María Ariztia, una madre que se encontraba en ese lugar con sus dos hijos Markel y Aimar, de 5 y 3 años, los dos con su gorrito de cocinero. «Para nosotros suele ser un día muy especial. Nos resarciremos el año que viene», decía convencida. Cerca de ellos, Sira y Nora Azurmendi, hermanas mellizas de seis años y del colegio Amara Berri, contaban que este habría sido su primer año en la Tamborrada Infantil. «El año que viene tocaremos a tope», aseguraban alegres.

En la calle San Marcial, Gonzalo Serrats también comentaba que había visto el ambiente «bastante triste». Para tratar de cambiarlo, con su móvil ponía distintas canciones que sonaban en un altavoz que llevaba en la mochila. «Vamos todos a tocar la Marcha de San Sebastián», les pedía a los clientes de la terraza de un bar, que respondieron afirmativamente a la llamada. Subido a una silla, dirigía a los animados donostiarras que seguían la letra y el ritmo. «Felicidades y eskerrik asko por hacer esto», le decía una sonriente viandante.

«El día de la Tamborrada hay que celebrarlo, aunque sea con mascarilla, y vestirse siempre», señalaba por su parte Rocío González, vestida de cantinera mientras tomaba algo con sus amigos. Las escenas de celebración, en grupos pequeños y guardando las distancias, se vivieron en todos los barrios de la ciudad, algunos con mayor intensidad que otros. Fue el caso de la Parte Vieja. La que es siempre epicentro de la fiesta ha mostrado este año su cara más apagada. Con las sociedades cerradas y sin los numerosos desfiles que se concentran en esta zona, el ruido normal de gente caminando y conversando se hacía fuerte sobre cualquier música o redoble de tambor lejano. En algún balcón, como la pasada medianoche, sonaban la Marcha de San Sebastián y otras canciones, con el objetivo de que la celebración no decayese. Los ritmos eran acompañados por los golpes dispersos que daban algunos viandantes sobre tablillas redondas de madera o por palmadas.

En la plaza de la Constitución, punto neurálgico de la celebración, el viento mecía las banderas colocadas en los balcones y la izada en el mástil del edificio de la antigua biblioteca. El espacio que en condiciones normales habría estado ocupado por el tablado, apenas se llenaba con pequeños grupos de personas charlando o sacando fotos de la inédita escena, mientras otros aprovechaban y se tomaban algo en las terrazas sin que éstas llegaran a rebosar, cantando incluso alguno de los himnos tamborreros. En este mismo punto, así como en otros de la ciudad, varios agentes de la Ertzaintza se desplegaron con sus furgones policiales para vigilar y evitar que se produjeran aglomeraciones. En algún caso se vieron en la obligación de llamar la atención a alguna cuadrilla que desfilaba con música, alrededor de las cuales se reunían los que no podían contener las ganas de fiesta.

«Parece que el ánimo de la gente está raro, da mucha pena verlo así. El año que viene nos resarciremos», decía una mujer

A la hora de la comida los donostiarras se dividieron entre quienes volvían a sus casas y los que se quedaban a celebrar el día en un restaurante. El establecimiento Bare Bare de la calle Puerto, como otros tantos, tuvo todas sus mesas ocupadas. Su propietario, el Tambor Mayor de la Unión Artesana, Aitor Oyarzabal, no pudo dirigir la Arriada, pero sí animó a sus comensales con la marcha. En las comidas en los hogares no faltaron productos de capricho y, de postre, según comentaban pastelerías, roscones de reyes. «Están volando», aseguraban.

Por la tarde la actividad continuó sobre todo en la Parte Vieja, donde muchos donostiarras, sobre todo jóvenes, siguieron disfrutando del día de fiesta. «El ambiente era muy bueno y muy sano», relataba un joven. Sin embargo, poco después del cierre de los bares a las 20.00 horas, la alegría y la paz dio paso en este barrio al desorden. Patrullas de la Ertzaintza y de la Guardia Municipal tuvieron que intervenir para disolver las multitudes que se habían generado, lo que derivó en enfrentamientos entre la policía y varias personas. Los altercados también se produjeron en la plaza de la Constitución, lo que casi cancela la Arriada de la bandera por parte del Alcalde, Eneko Goia. Finalmente se llevó a cabo a las 22.15 horas.

El día de San Sebastián de 2021 se despidió con un sabor más agridulce del esperado y los donostiarra se fueron a dormir con la esperanza de que en 2022 la fiesta se celebre sin virus y sin nuevos altercados.